Los depredadores naturalmente, son hombres. Se les llena la boca llamándose empresarios. De la construcción, claro está. Pero a la legua se les vé el currículum. Y cuando hablan, no digamos. No saben que la clase no se hace, se nace con ella. Por eso algunos llevan camisas de manga larga, incluso en verano.
Es tanta su cultura que si les preguntaras para qué sirve un árbol, te contestarían que para hacer muebles. Y si les dijeras ¿Y qué opina de los animales? Dirían: “¿Animales?. Como más me gustan son asados; como las gambas; o como el venado frito; cuanto mejor sepan, más me gustan.”
Y se reirán se su chiste, ¡seguro!. No saben que cuando talan un bosque o una masa forestal o arransan una playa virgen o una costa impoluta para llenarlos de ladrillo y cemento, hacen desaparecer millones de de seres, grandes y pequeños, animales y plantas, retoños y savia nueva.
Llegan los depredadores… con sus excavadoras y bulldozzers.Llevan en el bolsillo, con la tinta aún fresca, el acuerdo firmado con los políticos de turno. Depredadores, igual que ellos; zafios igual que ellos. Y se ríen. Y para celebrarlo se van al restaurante de lujo. Y se hartan de marisco cocido, de chuletones de ciervo. Qué se yo…
Y así año tras año. Verano e invierno, primavera u otoño. Da igual. Los depredadores no respetan los ciclos de la vida para hacer su felonía. El negocio es el negocio. Depredadores del ladrillo y del cemento. ¡Qué pena me dan!.
Miguel Ángel Gómez Romero, en carta suya publicada en 20minutos